Mujercitas
Mujercitas —Primero he de pasar por el banco a buscar unas cartas, luego iremos a la colina del castillo, a disfrutar de la vista, que es estupenda, y a dar de comer a los pavos reales. ¿Conoces el lugar?
—He estado en varias ocasiones, pero hace años. No me importa volver.
—Bueno, ahora cuéntame algo de ti. Lo último que supe fue que tu abuelo esperaba que volvieses de BerlÃn.
—SÃ, pasé un mes allà y luego me reunà con él en ParÃs, que es donde va a pasar el invierno. Allà tiene buenos amigos y mucho con que entretenerse. Yo iré a visitarle y lo pasaremos en grande.
—Es un buen plan —comentó Amy, que tenÃa la impresión de que algo no terminaba de encajar en Laurie, pero no sabÃa qué.
—A él le horroriza viajar y yo detesto estar quieto, asà que hemos buscado una forma de satisfacer las necesidades de los dos. Asà no hay problema. Le veo con frecuencia y disfruta oyéndome narrar mis aventuras, y yo me alegro de que alguien me reciba con los brazos abiertos después de andar perdido un tiempo. Menudo agujero lleno de mugre, ¿no te parece? —añadió con un gesto de disgusto cuando dejaron atrás el bulevar y entraron en la plaza de Napoleón, en la ciudad vieja.