Mujercitas
Mujercitas Ella se sonrojó pero, por algún motivo, aquel piropo no le aportó la genuina satisfacción de aquellos otros elogios, más francos, a los que el muchacho la tenía acostumbrada cuando ambos vivían en casa y coincidían en un día de fiesta. En aquel entonces, él decía algo como «estás estupenda», sonreía dichoso y le daba unas palmaditas en la cabeza. El nuevo tono que empleaba no era de su agrado porque sonaba a indiferencia.
Si por crecer se tiene que volver así, preferiría que fuese siempre un muchacho, pensó, y aunque se sentía extrañamente decepcionada e incómoda, fingió estar alegre y relajada.
Al llegar a Avigdor, encontró varias cartas de casa, por lo que cedió las riendas a Laurie y se dedicó a disfrutar de la lectura, mientras el carruaje recorría el sombreado camino bordeado por plantas verdes y rosales tan floridos como si fuese el mes de junio.
—Mamá dice que Beth no se encuentra nada bien. A menudo pienso que debería volver, pero todos me alientan a quedarme; les hago caso porque soy consciente de que nunca volveré a tener una oportunidad como ésta —comentó Amy mirando muy seria una de las hojas de la carta.
—Creo que estás en lo cierto. En casa no podrías hacer nada y todos se sienten mejor sabiendo que estás bien, eres feliz y te diviertes, querida.