Mujercitas

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Al principio, Meg no tuvo inconveniente en aceptarlo y sintió cierto alivio al saber que John pasaría un buen rato en lugar de dormitar en la sala o dar vueltas por la casa haciendo ruido y despertando a los niños. Sin embargo, con el tiempo, cuando los problemas de dentición de sus hijos fueron cosa del pasado y los pequeños dioses empezaron a dormir a horas más adecuadas, lo que permitía a mamá un mayor descanso, empezó a echar de menos a John; el cesto de labores no era compañía suficiente si él no estaba allí, frente a ella, con su bata vieja, cómodamente instalado ante la chimenea, chamuscándose las zapatillas en el guardafuegos. No estaba dispuesta a pedirle que se quedase con ella, en casa, pero se sentía ofendida por el hecho de que él no lo hiciese sin que se lo solicitase, olvidando las muchas veladas que él la había aguardado en vano. Estaba nerviosa y cansada, y de tanto atender y cuidar a otros cayó en ese estado de ánimo que puede afectar a la mejor de las madres cuando el cuidado de la familia se convierte en una pesada carga, el deseo de moverse les roba el buen humor y la excesiva pasión por esa flaqueza de las mujeres norteamericanas que es la tetera las lleva a estar más alteradas que nunca.




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