Mujercitas
Mujercitas «Sà —decÃa mirándose en el espejo—, me estoy volviendo vieja y fea. John ya no me encuentra atractiva y por eso deja de lado a su marchita mujer y se va a disfrutar de su bonita vecina, que no tiene tantas obligaciones. En fin, los niños me quieren; no les importa si estoy delgada y pálida, o si no tengo tiempo para arreglarme el cabello. Ellos son mi consuelo y algún dÃa John comprenderá que merecÃa la pena sacrificarse por ellos. ¿Verdad que sÃ?».
Daisy contestaba a la dramática pregunta de su madre con un gorjeo, o bien era Demi quien respondÃa con un gritito, tras lo cual Meg dejaba a un lado los lamentos y se daba un festÃn maternal que le permitÃa olvidar, por un tiempo, su soledad. Sin embargo, a medida que John se interesaba cada vez más por la polÃtica y que sus visitas a Scott para discutir asuntos de interés se alargaban, sin tener en cuenta que Meg le necesitaba, el dolor de la joven esposa crecÃa. Aun asÃ, no dijo nada a nadie hasta que, un dÃa, su madre la encontró hecha un mar de lágrimas e insistió en que le contara la causa, porque llevaba tiempo observando a su hija y sabÃa que algo la preocupaba.
—Mamá, no podrÃa compartir esto con nadie más, pero en verdad necesito un consejo, porque si John sigue asà seré como una madre viuda —explicó la señora Brooke, con aire dolido, mientras se secaba las lágrimas con el babero de Daisy.