Mujercitas

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—¿Seguir cómo, querida? —preguntó la madre, inquieta.

—Se pasa el día fuera de casa y, por la noche, cuando quiero verle, está siempre de visita en casa de los Scott. No es justo que yo me ocupe de las tareas más duras y no pueda divertirme nunca. Todos los hombres son unos egoístas, hasta el mejor de ellos.

—Lo mismo podría decirse de las mujeres. No juzgues a John hasta que hayas comprendido en qué has errado tú.

—Pero desatenderme no tiene justificación alguna.

—¿Acaso no le has desatendido tú antes?

—¡Mamá, por favor! ¡Pensé que estabas de mi parte!

—Por supuesto que lo estoy, querida, pero creo que la culpa de lo que ocurre es tuya.

—No te entiendo.

—Deja que te lo explique. ¿Acaso John te «desatendía», como tú dices, cuando pasabas con él su único momento de ocio, es decir, las tardes?

—No, pero ahora no puedo estar tanto por él, mamá, tengo dos hijos a los que atender.

—Yo creo que podrías combinarlo todo, querida. Es más, creo que deberías hacerlo. ¿Te puedo ser franca sin que olvides que soy tu madre y te quiero?


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