Mujercitas
Mujercitas Sentada en las escaleras, fuera, Meg estaba intrigada por el largo silencio que había seguido al llanto ronco del niño y, tras imaginar toda clase de accidentes inverosímiles, decidió entrar en el dormitorio y calmar sus miedos. Demi se había quedado dormido, pero no en su postura habitual, con los brazos y las piernas abiertos, sino acurrucado junto al brazo de su padre, al que cogía un dedo, lo que demostraba que, en el último momento, John había decidido combinar firmeza y piedad para ayudar a dormir a su hijo, más triste y sabio una vez aprendida la dura lección. John había aguardado con la paciencia propia de una mujer a que el niño le soltase el dedo pero, mientras aguardaba, él mismo se había dormido, agotado por la lucha con el pequeño y por el esfuerzo de una jornada de trabajo.
Meg se quedó contemplando los dos rostros que descansaban sobre la almohada, sonrió y salió del dormitorio diciéndose satisfecha: Ya nunca volveré a temer que John sea demasiado duro con los niños. Lo cierto es que sabe cómo tratarlos y me será de gran ayuda, porque Demi es demasiado para mí.