Mujercitas

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Cuando John bajó al fin, seguro de que encontraría a su esposa enfadada y pensativa, se llevó una agradable sorpresa al ver que Meg, que confeccionaba plácidamente un gorro, le recibía alegre y le pedía que le leyese algo sobre las elecciones, si no estaba demasiado cansado. John comprendió que vivía una revolución pero, sabiamente, optó por no hacer preguntas, consciente de que Meg, que era incapaz de guardar un secreto aunque le fuese la vida en ello, no tardaría en descubrirle los motivos del cambio. John leyó un largo debate con la mejor disposición y explicó a su esposa el tema con lúcida claridad, mientras Meg procuraba mostrar un vivo interés y plantear preguntas interesantes, a la par que su mente iba del estado de la nación al estado del gorro que estaba confeccionando. Sin embargo, aunque no dijo nada, llegó a la conclusión de que la política era tan desagradable como las matemáticas y que los políticos parecían no hacer nada salvo insultarse los unos a los otros.

Se guardó para sí su femenina percepción del asunto y, cuando John hizo una pausa, meneó la cabeza y dijo, con lo que esperó sonase como diplomática ambigüedad:

—Verdaderamente no sé adónde vamos a ir a parar.


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