Mujercitas
Mujercitas No me molestaré en referir la respuesta de John ni cómo el pobre gorro se salvó por los pelos de la ruina. El caso es que John no tuvo inconveniente alguno, habida cuenta de los cambios que, progresivamente, se instalaron en la casa y en la vida de sus habitantes. No es que el hogar se tornara un paraíso, pero todos se sintieron mejor con el sistema de división de labores. El firme y sensato John metió en cintura a los niños, que empezaron a acatar las órdenes de sus padres, y Meg recuperó el ánimo y se tranquilizó gracias a una mayor actividad, más tiempo de ocio y al placer de conversar con su inteligente marido. La casa volvió a ser nuevamente un hogar y John ya no sintió el deseo de salir, salvo en compañía de Meg. Ahora los Scott visitaban a los Brooke y encontraban una casa pequeña pero llena de dicha en la que vivía una familia feliz. Hasta la alegre Sallie Moffat se sentía a gusto allí. «Tu casa es siempre tan tranquila y agradable, Meg; me sienta muy bien venir a verte», solía decir mientras lo miraba todo con curiosidad, como si pretendiese descubrir el secreto para reproducirlo en su gran mansión, llena de magnífica soledad, en la que no vivían niños rebeldes y dichosos, y donde Ned se había hecho un mundo a su medida en el que ella no tenía cabida.