Mujercitas

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Aunque Laurie había ido a Niza con la intención de pasar una semana, se quedó un mes. Estaba cansado de viajar solo y la presencia de Amy le hacía sentir como en casa en aquel entorno extranjero. Echaba de menos los mimos de sus vecinas y poder recuperarlos, aunque solo fuera una parte, le agradaba mucho, porque las atenciones de los desconocidos, por halagüeñas que fueran, no se podían comparar con la deliciosa sensación que le producía sentir la adoración de las hermanas March. Amy nunca le había mimado tanto como las demás, pero, dadas las circunstancias, estaba muy contenta de verle y no se separaba de él, como si le considerase el representante de su querida familia, a la que tenía más ganas de volver a ver de lo que se atrevía a admitir. Así pues, era lógico que ambos disfrutasen en compañía del otro y pasasen mucho tiempo juntos, montando a caballo, paseando, bailando o perdiendo el tiempo, porque en Niza nadie puede estar demasiado ocupado durante el verano. Sin embargo, mientras parecían divertirse despreocupadamente, lo cierto es que, aun sin demasiada conciencia, estaban descubriendo cosas y formándose una nueva opinión del otro. Cada día que pasaba, Laurie tenía en más alta estima a su amiga y se valoraba menos a sí mismo. Y ambos sintieron que algo ocurría antes de atreverse a decir nada. Amy quería complacerle y lo conseguía. La joven le agradecía los buenos ratos que pasaban juntos y le correspondía con la clase de servicios que una mujer femenina sabe cómo ofrecer con un encanto indescriptible. Laurie no oponía resistencia, se dejaba llevar con facilidad y procuraba olvidar, diciéndose que todas las mujeres debían ser amables con él puesto que la que él quería había sido tan cruel. No le costaba nada ser generoso y, si Amy hubiese aceptado, le habría regalado toda clase de caprichos y baratijas disponibles en la ciudad… pero, al mismo tiempo, sentía que no podía cambiar la opinión que la joven se estaba formando de él y temía encontrarse con aquellos grandes ojos azules, que le observaban con una sorpresa que tenía parte de triste y parte de desdén.


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