Mujercitas
Mujercitas —Todos han ido a pasar el día a Mónaco, pero yo he preferido quedarme a escribir unas cartas. Ahora ya he terminado y voy a ir a Valrosa a dibujar un rato. ¿Te apetece acompañarme? —preguntó Amy al reunirse con Laurie en un hermoso día, cuando, como de costumbre, él pasó a buscarla a eso de las doce.
—Sí, claro, pero ¿no hace demasiado calor para dar un paseo tan largo? —preguntó él con voz queda, porque, viniendo del calor de la calle, el frescor y la sombra del salón resultaban tentadores.
—Tengo a mi disposición un carruaje pequeño y Baptiste puede conducir, así que lo único que tendrás que hacer es sostener la sombrilla y procurar que no se te manchen los guantes —apuntó Amy, con una mirada sarcástica a los inmaculados guantes de su amigo, que eran su punto débil.
—Entonces, iré encantado. —Dicho esto, el joven tendió la mano para coger el bloc de dibujo, pero ella se lo colocó bajo el brazo y comentó con cierta acritud:
—No te molestes, no me agotaré por llevarlo, y no estoy segura de que pueda decir lo mismo de ti.
Laurie arqueó las cejas y siguió a buen paso a Amy, que bajó corriendo por las escaleras. Una vez en el interior del carruaje, se hizo con las riendas y el pobre Baptiste se limitó a cruzarse de brazos y a dormitar en su puesto.