Mujercitas

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Nunca llegaban a discutir. Amy no lo hacía por educación y Laurie, por pereza. Así, al cabo de un minuto, el joven asomó la cabeza bajo el ala del sombrero de Amy y la miró inquisitivo; por toda respuesta, ella sonrió, y siguieron el recorrido en una disposición de lo más amistosa.

Era un paseo encantador, por carreteras serpenteantes y con abundantes escenas pintorescas que eran un deleite para la vista. De un antiguo monasterio llegó a sus oídos el canto solemne de los monjes. Un pastor con las piernas al aire, zapatos de madera, sombrero puntiagudo y una chaqueta rústica sobre el hombro estaba sentado sobre una gran piedra, fumando en pipa, mientras las ovejas pastaban entre las rocas o descansaban a sus pies. Pasaron junto a un burro gris, dócil, cargado con alforjas de mimbre llenas de hierba recién cortada, con una hermosa niña con caperuza sentada entre los montones verdes. Divisaron ancianas hilando en ruecas, niños morenos de mirada dulce que salían de cuchitriles y se acercaban corriendo para venderles ramilletes o naranjas que aún estaban pegadas a un trozo de rama. Colinas enteras cubiertas de olivos nudosos de follaje oscuro, huertos con frutas doradas que pendían de los árboles y grandes anémonas escarlatas en los lindes del camino.



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