Mujercitas
Mujercitas Valrosa hacía honor a su nombre, ya que, gracias a su perenne clima estival, había siempre rosas en flor por doquier; cubrían el arco de la entrada, asomaban entre las barras de la gran verja, como si quisieran dar la bienvenida a los visitantes, y serpenteaban entre los limoneros y las palmeras por la colina, en cuya cumbre estaba la casa. En cada rincón con sombra había sillas para que los paseantes pudiesen hacer un alto y contemplar los macizos de flores. En cada una de las frescas grutas había una ninfa de mármol sonriente, rodeada de un manto de flores, y en cada fuente se reflejaban rosas carmesíes, blancas o rosa claro, que se inclinaban hacia el agua como si quisiesen contemplar su propia belleza. Las paredes, las cornisas y los pilares de la casa estaban cubiertos de rosas, al igual que la balaustrada de la gran terraza, desde la que se podía disfrutar del sol mediterráneo y de las vistas de la ciudad encalada situada en la costa.
—Éste es un auténtico paraíso para una luna de miel, ¿no te parece? ¿Habías visto alguna vez rosas como éstas? —preguntó Amy al detenerse en la terraza para disfrutar de la vista y del aroma de las flores.
—No, y tampoco me había clavado espinas como ésta —contestó Laurie, que se había llevado el pulgar a la boca tras intentar en vano arrancar una rosa roja que quedaba ligeramente fuera de su alcance.