Mujercitas
Mujercitas Los primeros meses fueron muy felices, y Beth acostumbraba a mirar en torno a sí y exclamar «Qué hermoso es esto» cuando se reunían todos en su dormitorio bañado por el sol; los niños lanzaban grititos y pataleaban en el suelo, la madre y las hermanas trabajaban cerca y su padre leía en voz alta y clara libros sabios llenos de palabras de consuelo tan válidas hoy como siglos atrás, cuando fueron escritas. En aquella improvisada capilla, un paternal pastor enseñaba a su rebano la lección más dura que hemos de aprender y trataba de mostrar que la esperanza puede reforzar el amor y que la fe hace posible la resignación. Sus sencillos sermones tocaban el corazón de quienes le escuchaban, porque el sacerdote hablaba en calidad de padre, y la frecuencia con la que se le quebraba la voz cuando hablaba o leía dotaba a sus palabras de una elocuencia mayor de la habitual.