Mujercitas

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Y en esa habitación, venerada como un santo en su ermita, se sentaba Beth, tan serena y atareada como siempre; porque nada cambiaba su naturaleza dulce y entregada. Mientras se preparaba para abandonar la vida, trataba de hacer felices a los que dejaría atrás. Sus débiles dedos no permanecían nunca inactivos y uno de sus entretenimientos favoritos era confeccionar detalles para los escolares que pasaban por allí. Desde su ventana, lanzaba unos mitones para unas manos amoratadas por el frío, un par de agujas de tejer para una madre de muchas muñecas, papel secante para los jovencitos que daban sus primeros pasos en los bosques de la caligrafía, cuadernos de dibujo para amantes del arte y toda clase de artículos agradables, hasta que los escaladores que subían de mala gana por la cuesta del saber, viendo su camino cubierto de flores, llegaron a considerar que su benefactora, sentada en el piso de arriba, era una especie de hada madrina que milagrosamente entregaba siempre los regalos que mejor convenían a sus necesidades y gustos. De haber buscado recompensa, a Beth le habría bastado con el brillo que los niños tenían en los ojos cuando miraban hacia su ventana, sonriendo y saludándola con la cabeza, y con las graciosas cartas que le hacían llegar, llenas de borrones de tinta y de gratitud.




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