Mujercitas
Mujercitas 
Una vez superada la amargura inicial, la familia se resignó ante lo inevitable y procuró mantener el ánimo, ayudándose los unos a los otros con esas muestras de afecto que surgen espontáneamente en los hogares que han de unirse ante una desgracia. Hicieron a un lado el dolor y todos se esforzaron al máximo para que el último año de Beth fuese lo más feliz posible.
Le dejaron la habitación más agradable de la casa, y colocaron en ella sus objetos preferidos: flores, cuadros, su piano, una pequeña mesa de trabajo y sus queridos mininos. Allà fueron a parar también los mejores libros del padre, la mecedora de la madre, el escritorio de Jo, los dibujos más hermosos de Amy, y Meg llevaba cada dÃa a sus hijos en peregrinación, a visitar a la tÃa Beth. John ahorró una pequeña suma para poder comprar cada dÃa a la enferma su fruta preferida, que le apetecÃa más que nunca; la vieja Hannah no se cansaba de preparar platos exquisitos para satisfacer el caprichoso apetito de la joven y no paraba de llorar mientras cocinaba. Y desde allende el mar llegaban pequeños regalos y cartas de aliento que traÃan consigo un poco del calor y el aroma de aquellas tierras lejanas que no conocÃan el invierno.