Mujercitas
Mujercitas —Sé que es asÃ, y por eso ya no temo a la muerte, porque estoy segura de que seguiré siendo tu Beth y te ayudaré y querré más que nunca. Debes ocupar mi lugar, Jo, y cuidar de papá y mamá cuando yo me haya ido. Te necesitan, no les falles. Si te resulta duro trabajar sola, recuerda que yo te tendré presente y que esa tarea te reportará más satisfacción que escribir magnÃficos libros o ver mundo. El amor es lo único que nos llevamos cuando morimos y hace que el final sea mucho más dulce.
—Lo intentaré, Beth. —Y en ese momento, Jo renunció a su antigua ambición, para comprometerse con una nueva y mejor, consciente de la vanidad de cualquier otro deseo y sintiendo el bendito consuelo que proporciona creer que solo el amor vence a la muerte.
La primavera llegó y siguió su curso, el cielo se tornó más limpio; los campos, más verdes, las flores salieron pronto y los pájaros volvieron a tiempo para despedirse de Beth, que, cansada pero llena de fe, murió cogida de las manos que la habÃan guiado en la vida, puesto que fueron su padre y su madre quienes la acompañaron dulcemente en su paso por el valle de las sombras y se la entregaron a Dios.