Mujercitas
Mujercitas La lectura de aquellas lÃneas, emborronadas y llenas de tachones, desiguales y débiles, aportó un gran consuelo a Beth, porque si algo lamentaba era pensar que no habÃa aprovechado bien su vida. Las palabras de su hermana indicaban que su existencia no habÃa sido en vano y que su muerte no aportarÃa solo desconsuelo, como temÃa. Permaneció un rato sentada, con la nota doblada entre las manos, hasta que el tronco de la chimenea, ya carbonizado, se partió y Jo se despertó para avivar el fuego. Se deslizó hacia la cama de Beth pensando que dormÃa.
—No estoy dormida, querida, pero soy muy feliz. Mira, he encontrado esto y lo he leÃdo. Supuse que no te importarÃa. ¿En verdad significo todo esto para ti, Jo? —preguntó con tristeza y sincera humildad.
—¡Oh, Beth, eso y mucho más, mucho más! —Jo hundió el rostro en la almohada, junto a la cabeza de su hermana.
—Entonces, no he desperdiciado mi vida. No soy tan buena como tú me pintas, pero he intentado hacer el bien y ahora, cuando ya es tarde para todo, me alegra saber que alguien me quiere tanto y siente que le he sido de ayuda en algo.
—Somos muchos los que lo sentimos, Beth. Pensaba que no te podrÃa dejar marchar, pero he aprendido que no te perderé, que estarás más en mà que nunca y que la muerte no podrá separarnos, aunque lo parezca.