Mujercitas
Mujercitas —Me puse en camino en cuanto lo supe. Me gustarÃa poder decir algo que te consolara por la pérdida de nuestra querida Beth, pero solo puedo sentirlo y… —No pudo continuar, ya que de pronto sintió la misma vergüenza que ella y no supo qué decir. QuerÃa que Amy descansase la cabeza sobre su hombro y pedirle que llorase hasta desahogarse, pero no se atrevÃa, asà que se limitó a darle un abrazo de aliento, mejor que cualquier discurso.
—No hace falta que digas nada, éste es el mejor consuelo —repuso ella con dulzura—. Beth está bien donde está, y a buen seguro es feliz y nada la harÃa volver, pero yo, a pesar de las ganas que tengo de ver de nuevo a mi familia, temo el momento de regresar a casa. Pero no hablemos de eso ahora porque me pondré a llorar y prefiero disfrutar de tu presencia mientras dure. ¿Te quedarás un tiempo, verdad?
—Si asà lo quieres, querida.
—¡Por supuesto! La tÃa y Flo son muy amables, pero tú eres como de la familia y serÃa estupendo gozar de tu compañÃa un poco más.
Al ver que Amy hablaba y actuaba como una niña que echaba de menos a los suyos y tenÃa el corazón encogido, Laurie hizo a un lado su timidez y le dio justo lo que necesitaba: los mimos a los que estaba acostumbrada y las palabras de ánimo precisas.