Mujercitas
Mujercitas —¡Pobrecilla! Si sigues sufriendo asà vas a caer enferma. Yo cuidaré de ti. Venga, no llores más. Ven, daremos un paseo, sopla un viento demasiado frÃo para que te quedes aquà sentada —dijo con ese tono medio amable medio imperativo que tanto gustaba a Amy, al tiempo que anudaba la cinta de su sombrero, le ofrecÃa el brazo y echaba a andar por el soleado paseo, bajo las copas renovadas de los castaños. Se sentÃa mucho mejor al estar nuevamente en pie, y para ella era maravilloso contar con un brazo fuerte en el que apoyarse, la sonrisa de un rostro conocido y una voz que tan grato le era oÃr de nuevo.
El pintoresco y antiguo jardÃn habÃa acogido a varias parejas de enamorados y parecÃa hecho especialmente para ellos, tan soleado e Ãntimo era, pues solo la torre los veÃa desde lo alto y el ancho lago apagaba el eco de sus palabras con el murmullo de sus aguas. Durante cerca de una hora, la nueva pareja paseó, conversó y descansó junto al muro, disfrutando de las dulces circunstancias que hacen que todo tiempo y lugar resulten encantadores, y cuando acudieron a la llamada de la poco romántica campana que anunciaba la cena, Amy sintió que dejaba atrás, en el jardÃn del castillo, su carga de pena y soledad.