Mujercitas

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En cuanto vio que la joven tenía el rostro cambiado, la señora Carrol lo entendió todo de repente y se dijo: Ahora lo veo claro, la pobre estaba sufriendo por el joven Laurence. ¡Válgame el cielo! ¡Nunca lo hubiese imaginado!

Con una discreción encomiable, la buena mujer optó por no hacer comentario alguno ni dar muestras de haberse percatado de nada, pero invitó cordialmente a Laurie a quedarse y rogó a Amy que disfrutase de su compañía porque le sentaría mejor que tanta soledad. Amy fue un ejemplo de docilidad y, como la tía estaba muy ocupada con Flo, se encargó de atender a su amigo y lo hizo mucho mejor que nunca.

En Niza, Laurie había haraganeado y Amy le había regañado por ello, pero en Vevey el joven no paró quieto un segundo: paseaba, montaba a caballo, iba a dar una vuelta en bote o estudiaba con gran aplicación. Amy admiraba todo lo que él hacía y seguía su ejemplo hasta donde podía. Él aseguraba que el cambio se debía al clima, y ella no le llevaba la contraria, feliz de contar con una excusa para recuperar la salud y el ánimo.




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