Mujercitas
Mujercitas A pesar de la pena, aquellos fueron días de tanta felicidad que Laurie no se atrevía a decir nada por no enturbiarla. Le costó un poco sobreponerse a la sorpresa que le produjo ver con qué rapidez se había curado la herida provocada por aquel primer amor que había creído, sinceramente, sería el único. Se consolaba de lo que entendía era una gran deslealtad diciéndose que la hermana de Jo era casi como la propia Jo y que, de no haber sido Amy, jamás hubiese podido enamorarse tan rápido y con tanta intensidad. Su primera experiencia de galanteo había resultado tormentosa y ahora la recordaba como si hubiese ocurrido muchos años atrás, con una mezcla de compasión y remordimiento. No se avergonzaba, pero lo consideraba la experiencia más agridulce de su vida y agradecía mucho haber superado aquel dolor. Decidió que su segunda declaración fuese más tranquila y lo más sencilla posible. No había necesidad de organizar una escena, casi no era preciso decir a Amy que la amaba porque ella lo sabía y, aun sin palabras, le había dado su respuesta hacía mucho. Todo había ocurrido de forma tan natural que era imposible que nadie tuviese inconveniente alguno y sabía que todo el mundo se mostraría complacido, incluida Jo. Con todo, cuando el primer amor ha fracasado, lo lógico es que seamos cautos y no nos precipitemos con el segundo. Laurie dejó pasar los días, disfrutó de cada hora y esperó a que se diese la ocasión adecuada para pronunciar la declaración que marcase el final de la primera y más dulce etapa de su nuevo romance.