Mujercitas

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Las obligaciones y los entretenimientos sanos y humildes también fueron de mucha ayuda para Jo, que aprendió a valorarlos poco a poco. Las escobas y paños ya no eran tan desagradables como antes, puesto que Beth los había usado, y era como si algo de su espíritu de ama de casa hubiese quedado impregnado en la pequeña fregona y el viejo cepillo que nadie se había atrevido a tirar. Cuando los empleaba, Jo se descubría cantando como Beth solía hacer, imitando su estilo al ordenar y dar un repaso aquí y allá para que todo estuviese limpio y bonito, que, aunque ella no lo supiera, es el primer paso para lograr un hogar feliz. Una vez, Hannah le dio un apretón en la mano, en señal de aprobación, y comentó:

—¡Qué buena eres, criatura! Se ve que te has propuesto que no echemos tanto en falta a nuestra querida corderita, en la medida en que tú puedas evitarlo. Aunque no digamos demasiado, nos damos cuenta. ¡Que el Señor te bendiga por tus esfuerzos! Estoy segura de que así será.

Un día, mientras cosía con Meg, Jo observó lo cambiada que estaba su hermana. Hablaba sin parar de lo mucho que estaba aprendiendo sobre los instintos, pensamientos y sentimientos de una buena mujer, de cuan feliz era con su marido y sus hijos, y de lo mucho que todo el mundo la había ayudado.


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