Mujercitas
Mujercitas —Padre, háblame como lo hacÃas con Beth. Lo necesito mucho más, porque yo lo hago todo mal.
—Querida, será un gran consuelo para mà —repuso él con voz quebrada, y abrazó a su hija como si también él necesitase ayuda y no temiese pedirla.

Jo se sentó en la silla de Beth, que estaba junto a su padre, y relató sus problemas, el resentimiento que sentÃa por la pérdida de su hermana, cómo sus infructuosos esfuerzos la descorazonaban, la falta de fe que oscurecÃa su vida y todos los tristes desconciertos que conforman eso que llamamos «desesperación». Se confió a él por completo, y él le brindó la ayuda que necesitaba, y asà fue como ambos se consolaron el uno al otro. HabÃan llegado a ese momento en que podÃan conversar no solo como un padre y una hija, sino como un hombre y una mujer contentos de ayudarse con su compasión mutua asà como con su mutuo amor. VivÃan momentos de felicidad y reflexión en el estudio, que Jo llamaba «la iglesia de un solo miembro», de donde salÃa llena de coraje, habiendo recuperado la alegrÃa y con el ánimo más sumiso, ya que los padres que habÃan enseñado a una hija a morir sin miedo intentaban ahora enseñar a otra a aceptar la vida sin abatimiento ni desconfianza, y a utilizar las oportunidades que se le brindaban con gratitud y energÃa.