Mujercitas
Mujercitas Pero sà hubo quien acudió a ayudarla, aunque Jo no reconoció a sus ángeles, pues adoptaron formas conocidas y utilizaron hechizos sencillos más propios de los pobres seres humanos. A menudo, despertaba en plena noche pensando que Beth la llamaba; cuando veÃa la cama vacÃa, lloraba con la amargura que dan las penas que no cesan, y exclamaba: «¡Oh, Beth, vuelve, vuelve!», estirando los brazos. Pero su llamada no era en vano, porque su madre acudÃa a consolarla, tan rápida en oÃr su llanto como lo era antes para captar el más leve suspiro de su hermana. No solo la confortaba con palabras, sino con su dulce abrazo, con sus lágrimas, que eran mudo testimonio de un dolor mayor aún que el de Jo, con suspiros rotos más elocuentes que cualquier plegaria, porque al lógico dolor sumaban la resignación esperanzada. ¡Menudos momentos aquellos en los que un corazón hablaba a otro en el silencio de la noche y la aflicción se transformaba en una bendición que alejaba el sufrimiento y reforzaba el amor! Al sentir eso, bajo el protector abrazo de su madre, la carga de Jo se hacÃa más llevadera; el deber, más dulce, y la vida, más soportable.
Y del mismo modo que su corazón herido pudo encontrar consuelo asÃ, su atormentada mente logró la ayuda necesaria. Un dÃa, fue al estudio, se inclinó sobre la cabeza gris de su padre, que la recibió con una sonrisa serena, y dijo muy humildemente: