Mujercitas
Mujercitas La divina providencia le había tomado la palabra y le había encomendado una labor. No era como ella había imaginado, pero mejor, porque así suponía un reto mayor. Pero ¿saldría airosa? Decidió intentarlo y, en un primer momento, encontró las ayudas antes citadas. Pero todavía habría de recibir otra que aceptó no como premio sino como consuelo, al igual que en el Progreso del peregrino Cristiano acepta el refugio que le presta el cenador mientras sube por la colina llamada Dificultad.
—¿Por qué no vuelves a escribir? Eso te hacía feliz —le comentó su madre al verla un tanto abatida.
—No tengo ánimo para escribir y, aunque lo tuviera, mis obras no interesan a nadie.
—A nosotros sí. Escribe algo para nosotros y olvídate del resto del mundo. Pruébalo, querida. Estoy segura de que te hará bien y a nosotros nos agradará mucho.
—No creo que pueda —repuso Jo, que sin embargo volvió a su despacho y repasó sus manuscritos inacabados.