Mujercitas
Mujercitas Cuando, una hora después, la madre asomó la cabeza, encontró a Jo escribiendo a toda prisa, muy concentrada, con el delantal negro puesto. La señora March sonrió y se alejó, muy contenta al observar el éxito de su consejo. Sin saber cómo, Jo escribió una historia que llegaba directa al corazón de los lectores. Una vez que toda la familia hubo reído y llorado con la lectura, su padre envió el texto —en contra de la opinión de Jo— a una de las revistas más conocidas del país y, para gran sorpresa de la autora, no solo le pagaron por publicar su historia sino que le pidieron que escribiese más. Tras la publicación, varias personas importantes escribieron cartas para elogiar la calidad de la obra, los periódicos se hicieron eco y todo el mundo, conocidos y extraños, pudo admirarla. A Jo le parecía que un texto tan breve no merecía un éxito tan grande y estaba más sorprendida que cuando recibió tantas críticas como alabanzas por su primera novela.
—No lo entiendo. ¿Qué puede haber en una historia tan corta y sencilla para que la gente la alabe de este modo? —preguntó con auténtica perplejidad.