Mujercitas
Mujercitas Allí arriba, en aquel desván en el que divagaba la inquieta Jo, había cuatro baúles de madera dispuestos en fila. Cada uno tenía escrito el nombre de su dueña y contenía recuerdos de una infancia y adolescencia que ya todas habían dejado atrás. Jo se los quedó mirando, fue hacia el suyo, lo abrió, apoyó la barbilla en el borde y contempló con expresión ausente su caótico contenido, hasta que unos antiguos cuadernos de notas le llamaron la atención. Los cogió y, al revisarlos, revivió el grato invierno que había pasado en casa de la señora Kirke. Primero sonrió, luego se quedó pensativa y, por último, triste. Y al encontrar una breve nota del profesor, le temblaron los labios, los cuadernos cayeron de su regazo al suelo, y se sentó a leer las palabras de su amigo, que, de pronto, parecían adquirir un nuevo sentido y le llegaron al corazón: «Espérame, amiga mía, puede que tarde, pero sin duda llegaré».
—¡Ojalá fuese cierto! Mi querido Fritz, siempre tan dulce y paciente conmigo. No le valoré como merecía cuando le tuve cerca y, ahora que todo el mundo se va y me siento tan sola, ¡me gustaría tanto verle!
Sujetando fuertemente aquella nota como si fuese una promesa por cumplir, Jo descansó la cabeza en una bolsa de retales y lloró como si pretendiese competir con la lluvia que repiqueteaba en el tejado.
