Mujercitas
Mujercitas —Jo, querida, quiero decirte algo y, después, olvidaremos el asunto para siempre. Como te comenté en la carta en la que referÃa lo amable que era Amy conmigo, nunca dejaré de amarte, pero mi amor ha cambiado y he comprendido que es mejor asÃ. Amy y tú habéis intercambiado los puestos que ocupabais en mi corazón, eso es todo. Creo que era mi destino y hubiese llegado a él de cualquier modo, aunque fuese dejando pasar el tiempo como tú pretendÃas. Pero, como la paciencia no es mi fuerte, se me rompió el corazón. Era muy joven, pasional e impulsivo. Me costó mucho comprender mi error. Y en verdad era un error, como tú me advertÃas, Jo, pero no me di cuenta hasta después de haberme puesto en ridÃculo. He de confesar que, en un momento dado, estaba muy confundido y no podÃa determinar a quién querÃa más, si a ti o a Amy, y traté de quereros a las dos igual, pero no me fue posible. Cuando me reunà con Amy en Suiza, las dudas se disiparon de golpe. Cada una pasó a ocupar el lugar que le correspondÃa y entendà que habÃa dejado de amarte a ti antes de enamorarme de Amy y que podÃa quereros de forma distinta, a ti como a una hermana y a ella como a mi esposa. Te pido que creas en mi palabra y volvamos a ser los amigos que éramos en los viejos tiempos, cuando nos conocimos.