Mujercitas
Mujercitas —No tengo reparo en reconocer que, por ahora, manda ella. O, por lo menos, dejo que lo crea. Eso la hace feliz, ¿sabes? Con el tiempo, nos iremos turnando, porque dicen que el matrimonio divide los derechos y multiplica las obligaciones.
—Si sigues como ahora, Amy llevará la voz cantante hasta el fin de tus dÃas.
—Bueno, lo hace con tanta sutileza que no creo que me incomode nunca. Es la clase de mujer que sabe cómo llevar a un hombre. De hecho, me agrada que asà sea, porque te enreda con la suavidad de un ovillo de seda y consigue que sientas que es ella quien te hace un favor.
—¡Quién iba a pensar que te verÃa convertido en un calzonazos y disfrutando de ello! —exclamó Jo alzando las manos.
Ante tal insinuación, Laurie se encogió de hombros y sonrió con sorna masculina mientras apostillaba, con aire digno:
—Amy está demasiado bien educada para hacer algo asÃ, y yo no soy la clase de hombre que se somete a su mujer. Mi esposa y yo nos respetamos demasiado el uno al otro para tiranizarnos o pelearnos.
A Jo le gustó oÃr aquello, y la recién adquirida dignidad de su amigo le pareció entrañable, pero ver que su muchacho se habÃa convertido demasiado rápido en hombre le provocaba una mezcla de pesar y alegrÃa.