Mujercitas
Mujercitas —Ya no te sentirás sola nunca más —la interrumpió Laurie, y le pasó el brazo por encima del hombro, como para protegerla de todo mal—. Amy y yo no podemos vivir sin ti, asà que tendrás que venir a casa y recordarnos que debemos ser buenos y compartirlo todo, como hacÃamos nosotros, y dejar que te mimemos. Asà podremos disfrutar de la bendición y la felicidad que proporciona una amistad como la nuestra.
—Si no he de ser un estorbo, me encantarÃa. Me siento mucho mejor ahora porque, contigo cerca, mis males desaparecen. Siempre me consuelas, Teddy. —Jo descansó la cabeza sobre su hombro, como habÃa hecho tiempo atrás, cuando Beth estaba enferma y Laurie le ofreció su apoyo.
Él la miró y se preguntó si estarÃa recordando aquel instante, pero Jo sonreÃa como si, en verdad, todas sus preocupaciones se hubiesen esfumado con su llegada.
—Sigues siendo la misma, Jo. Puedes llorar en un instante y, al minuto siguiente, estar riendo. ¿A qué viene esa cara de pÃcara, abuelita?
—Me preguntaba cómo os llevarÃais tú y Amy.
—Como dos ángeles.
—Claro, eso de entrada. Pero… ¿quién manda?