Mujercitas
Mujercitas »Entonces, me echó un largo responso sobre mis pecados, me pidió que me sentara y reflexionara sobre lo que habÃamos hablado mientras ella “daba una cabezaditaâ€. Como sé que la “cabezadita†suele durar bastante, en cuanto cerró los ojos saqué del bolsillo El vicario de Wakefield y me puse a leer con un ojo mientras que con el otro vigilaba a la tÃa. Cuando llegué al punto en el que todos se caen al agua, me olvidé de dónde estaba y solté una carcajada. La tÃa se despertó, descansada y de buen humor, y me pidió que leyera en voz alta un poco de ese libro frÃvolo que preferÃa al edificante y serio Belsham. Me esforcé al máximo y le gustó, aunque se limitó a comentar: “No comprendo bien de qué trata; léelo desde el principio, queridaâ€.
»Asà lo hice, procurando que los Primrose resultasen más entretenidos que nunca. En un momento dado, cuando el texto estaba en un punto emocionante, tuve la picardÃa de interrumpir la lectura y le pregunté mansamente: “TÃa, me temo que la estoy aburriendo. ¿Quiere que lo deje aquÃ?â€.
»Retomó la calceta que habÃa dejado caer, me lanzó una mirada airada desde detrás de sus gafas y contestó tajante: “Jovencita, acaba de leer el capÃtulo y no seas impertinenteâ€.
—¿Reconoció que le estaba gustando? —preguntó Meg.