Mujercitas
Mujercitas —¡Por Dios, no! Pero dejó al viejo Belsham a un lado, y por la tarde, cuando volvà a buscar los guantes que habÃa dejado olvidados, la sorprendà tan embebida en la lectura de El vicario que ni me oyó reÃr y bailar de alegrÃa en el vestÃbulo, por los buenos tiempos que vendrÃan. Qué agradable podrÃa ser su vida si eligiese ser feliz. A pesar de lo rica que es, no la envidio. Al fin y al cabo, imagino que los ricos tienen tantas preocupaciones como los pobres —añadió Jo.
—Eso me recuerda —dijo Meg— que yo también tengo algo que contar. No es tan divertido como la anécdota de Jo, pero he estado dándole muchas vueltas mientras venÃa de camino. Hoy, en casa de los King, todo el mundo estaba muy inquieto y uno de los niños me contó que su hermano mayor habÃa hecho algo horrible y que su padre lo habÃa echado de casa. Oà llorar a la señora King y gritar al señor King, y Grace y Ellen volvieron la cabeza cuando pasé junto a ellas para que no viese que tenÃan los ojos enrojecidos. Por supuesto, no pregunté nada a nadie; pero sentà lástima por ellos y me alegré de no tener ningún hermano rebelde que pudiera deshonrar a la familia.