Mujercitas
Mujercitas Al verla crecer, su madre comprendió que el Dovecote conocería la misma bendición que su anterior hogar, la de albergar a un ser sereno y cariñoso, y rogó no volver a sufrir una pérdida como la de su hermana, que le había hecho darse cuenta de que habían vivido con un ángel sin saberlo. El abuelo a menudo se confundía y la llamaba «Beth», y la abuela la cuidaba con incansable entrega, como si tratase de compensar algún error pasado que solo ella podía ver.
Demi, como yanqui que era, todo lo preguntaba y todo lo quería saber, y se molestaba mucho cuando no recibía una respuesta satisfactoria a su sempiterno «¿Por qué?».
Para dicha de su abuelo, que mantenía conversaciones socráticas con él, Demi tenía cierta predisposición hacia la filosofía y, a menudo, tan precoz pupilo ponía en apuros a su profesor.

—¿Qué mueve mis piernas, abuelo? —preguntó el joven filósofo contemplando esa parte de su anatomía con aire meditabundo, una noche, mientras descansaba después de cometer varias travesuras.
—Tu mente, Demi —contestó el sabio acariciando la dorada cabecita respetuosamente.
—¿Qué es la mente?