Mujercitas
Mujercitas No faltará quien considere sobornos esas pequeñas libertades, pero Demi no lo veía con esos ojos y seguía siendo condescendiente y afable con el hombre de la barba; Daisy, por su parte, le hizo entrega de su afecto en la tercera visita y pasó a considerar sus hombros como su trono; sus brazos, como su refugio, y sus regalos, como tesoros de valor incalculable.
A menudo, los caballeros suelen fingir una repentina admiración por los jóvenes parientes de las damas a las que tratan de conquistar, pero esa falsa amistad no es del agrado de los pequeños y no convence a nadie. Los sentimientos del señor Bhaer eran sinceros a la par que eficaces, porque la honradez es la mejor consejera tanto en el amor como ante la ley. Al señor Bhaer, en verdad, le gustaban los niños y era especialmente entretenido ver el contraste entre su adusto y viril rostro y la alegre expresión de los pequeños. El negocio que le había llevado allí le retuvo varios días, pero no le impedía acudir a casa de los March casi todas las tardes para ver… Bueno, puesto que siempre preguntaba por el señor March, hemos de suponer que él era la razón de sus visitas. Nuestro excelente padre vivía engañado pensando que, en efecto, él era el objeto de tanta atención y disfrutaba mucho de las largas charlas con aquel hombre inteligente, hasta que su nieto, más observador que él, le abrió súbitamente los ojos.