Mujercitas
Mujercitas —SÃ, de verdad; puedes pedir lo que sea —contesta la madre, ajena al riesgo, imaginando que tendrá que cantar la canción de los tres gatitos media docena de veces o salir a comprar un centavo de magdalenas haga el tiempo que haga. Pero Demi la acorrala con una estudiada respuesta:
—Entonces, deja que coma todas las pasas que quiera.
La tÃa Dodo era la confidente y compañera de juegos favorita de ambos niños y, una vez reunidos, el trÃo ponÃa la casa patas arriba. La tÃa Amy era poco más que un nombre para ellos, y la tÃa Beth se fue diluyendo plácidamente en el recuerdo, pero la tÃa Dodo era una realidad cotidiana de la que disfrutaban al máximo, algo que ella agradecÃa sobremanera. Sin embargo, con la llegada del señor Bhaer, Jo descuidó a sus compañeros de juegos, lo que sumió a los pequeños en un profundo abatimiento y desolación. Daisy, a la que le encantaba ir por ahà repartiendo besos, perdió a su mejor cliente y cayó en la bancarrota, y Demi, con su infantil intuición, comprendió de inmediato que la tÃa Dodo preferÃa jugar con «el hombre de la barba» antes que con él, pero, aunque se sintió dolido, ocultó su disgusto puesto que no podÃa insultar a un rival que tenÃa una mina de chocolate en el bolsillo del chaleco y un reloj que sus ardientes admiradores podÃan sacar del estuche y agitar a placer.