Mujercitas
Mujercitas —¿Qué has hecho hoy, bübchen? —preguntó el señor Bhaer, ayudando al gimnasta a ponerse en pie.
—Hemos ido a visitar a la pequeña Mary.
—Y una vez allÃ, ¿qué hiciste?
—La besé —reconoció Demi con su natural franqueza.
—¡Caramba! Eso sà que es empezar pronto. ¿Y qué dijo la pequeña Mary? —inquirió el señor Bhaer, convertido en confesor del joven pecador, que, sentado sobre sus rodillas, revisaba el contenido del bolsillo de su chaleco.
—¡Oh, le gustó, me besó y a mà me gustó! A los niños les gustan las niñas, ¿no? —dijo Demi con la boca llena y cara de satisfacción.
—Eres un joven muy precoz. ¿Quién te ha metido eso en la cabeza? —intervino Jo, que disfrutaba con aquellas inocentes revelaciones tanto como el profesor.
—No está en mi cabera, está en mi boca —contestó el pequeño Demi, y sacó la lengua para mostrar un trozo de chocolate, pensando que su tÃa no se referÃa a las ideas sino a los dulces.
—DeberÃas guardar un poco para tu pequeña amiga. Dulces para las dulces. —Dicho esto, el señor Bhaer ofreció un poco de chocolate a Jo, que se preguntó si no serÃa el néctar que bebÃan los dioses.
Demi los vio sonreÃr e, impresionado, preguntó: