Mujercitas
Mujercitas —Profesor, ¿a los niños grandes les gustan las niñas grandes?
Como, al igual que el presidente Washington, el señor Bhaer era incapaz de mentir, dio una respuesta imprecisa; dijo que creía que sí, pero en un tono que hizo que el señor March dejase de cepillarse la chaqueta, mirase a Jo, que desvió la vista, y se dejase caer sobre el sofá, abrumado por la idea, a un tiempo dulce y amarga, que su precoz nieto había puesto en su mente.
Demi nunca entendió por qué cuando su tía Dodo le sorprendió escondido en la despensa, media hora después, en lugar de reñirle, le abrazó tan fuerte que casi le dejó sin respiración, y el hecho de que a tan extraña y novedosa actitud se sumase el que le premiase con una rebanada de pan con mermelada se convirtió en un misterio insondable para él.
