Mujercitas
Mujercitas En la segunda semana, todos estaban perfectamente al tanto de lo que ocurría, pero fingían ceguera ante los cambios operados en la expresión de Jo. Nadie preguntaba por qué cantaba mientras trabajaba, se retocaba el peinado tres veces al día o volvía radiante de los paseos vespertinos. Era como si ninguno de ellos sospechase que el señor Bhaer charlaba de filosofía con el padre mientras le daba a la hija lecciones de amor.
Como Jo no sabía abrir su corazón de una manera decorosa, trataba a toda costa de frenar sus sentimientos y, al no conseguirlo, vivía en un constante estado de inquietud. Temía que los demás se riesen de ella si se enamoraba después de haber defendido con tanto denuedo su independencia. A quien más temía era a Laurie, que sin embargo, desde que Amy llevaba las riendas, no había vuelto a llamar al señor Bhaer «viejo estupendo», no comentaba nada sobre el hecho de que Jo cuidase más su aspecto ni se mostraba sorprendido cuando encontraba al profesor cenando en casa de los March casi todas las noches. No obstante, en secreto el joven se sentía jubiloso y esperaba con ilusión el momento en que pudiera entregar a Jo un plato con el dibujo de un oso y un bordón en campo de gules como adecuado blasón.