Mujercitas
Mujercitas Durante dos semanas, el profesor acudió a la casa de los March con una puntualidad de enamorado y, después, estuvo tres dÃas sin dar señales de vida, lo que preocupó a todos. Jo al principio se inquietó, pero luego —cosas del amor— se mostró muy enfadada.
Es indignante. Se ha ido como vino, sin avisar. No es que me deba nada, claro está, pero lo más indicado era que pasase a despedirse de nosotros, como un caballero, se dijo, y miró con expresión desesperada hacia la puerta mientras se preparaba para ir a dar el acostumbrado paseo, en una tarde gris.
—Querida, coge el paraguas, parece que va a llover —indicó la madre, que, aunque se dio cuenta de que llevaba puesto el sombrero nuevo, prefirió no hacer comentarios al respecto.
—SÃ, mamá. ¿Necesitas algo de la ciudad? Voy a acercarme a comprar papel —explicó Jo, que se habÃa vuelto hacia el espejo para colocarse bien el lazo debajo de la barbilla y no tener que mirar a su madre.
—SÃ, tráeme algodón de bordar, un paquete de agujas del número nueve y dos metros de cinta estrecha de color malva. ¿Llevas unas buenas botas y algo de abrigo?
—Sà —contestó Jo, ausente.
—Si por casualidad te encuentras con el señor Bhaer, invÃtale a cenar, tengo muchas ganas de ver a este buen hombre —añadió la señora March.