Mujercitas

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Jo, que tenía las mejillas tan rojas como el lazo del sombrero, se preguntó qué pensaría de ella, pero, al cabo de un minuto, eso había dejado de preocuparla, puesto que estaba caminando del brazo de su profesor; parecía que el sol había vuelto a salir y tuviera un brillo más intenso de lo habitual, que el mundo cobraba sentido de nuevo y que había una mujer plenamente feliz mojándose los pies en un día de lluvia.

—Pensamos que se había marchado —explicó Jo, apresuradamente, consciente de que él la estaba mirando; como el sombrero no le tapaba el rostro, temía que su alegría le pareciese al profesor poco recatada.

—¿Cree que podría marcharme sin despedirme de quienes han sido tan sumamente amables conmigo? —preguntó con un deje de reproche en la voz que hizo que Jo sintiera que le había insultado, por lo que añadió enseguida:

—No, no lo creo. Sabía que tenía asuntos que atender, pero todos le echábamos de menos… Sobre todo papá y mamá.

—¿Y usted?

—A mí siempre me es grato verle, señor.

En su afán por que su voz no delatase la emoción, Jo había adoptado un tono bastante frío y eso, unido a la gélida formalidad de llamarle «señor», dejó al profesor helado e hizo que se le borrase la sonrisa del rostro.


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