Mujercitas

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En ese instante, cruzó corriendo la calle tan impetuosamente que a punto estuvo de atropellarla un camión y se dio de bruces con un imponente y elegante caballero que protestó con un «Señorita, por favor» y puso cara de sentirse muy ofendido. Desmoralizada, Jo se arregló el traje, cubrió con su pañuelo los adorados lazos y, dando la espalda a la tentación, apresuró el paso, mientras notaba cómo el bajo de la falda se empapaba y oía el ruido metálico de los paraguas que entrechocaban por encima de su cabeza. De pronto, le llamó la atención que un desvencijado paraguas azul permaneciese quieto sobre su desprotegido sombrero y, al levantar la vista, se encontró con la mirada del señor Bhaer.

—Yo diría que conozco a esta dama resuelta que avanza valientemente entre los carruajes y cruza a toda prisa las calles llenas de barro. ¿Qué la trae por aquí, querida?

—He venido de compras.

El señor Bhaer sonrió al ver una fábrica de encurtidos en una acera y una peletería en la otra, pero, educadamente, no dijo nada salvo:

—Veo que no tiene paraguas, ¿me permite que la acompañe y le lleve los paquetes?

—Sí, gracias.


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