Mujercitas
Mujercitas Las mercerías no se encontraban junto a los bancos, los despachos y los almacenes al por mayor en torno a los que se congregaban los caballeros. Sin embargo, antes de ir a cumplir los encargos, Jo se dio una vuelta por esa zona de la ciudad; remoloneó como si esperase a alguien, se detuvo a mirar la maquinaria de ingeniería expuesta en un escaparate y las muestras de lana que había en otro, con un interés impropio de una dama; caminó entre los barriles, exponiéndose a ser aplastada por los fardos que caían y sufriendo los codazos poco educados de hombres muy atareados que parecían preguntarse de dónde demonios había salido. Al sentir una gota de lluvia en la mejilla, dejó de pensar en sus frustradas esperanzas y se concentró en evitar que el agua le estropease el sombrero, y se dijo que, si como mujer enamorada era demasiado tarde para resguardar su corazón, por lo menos sí estaba a tiempo de salvar su atuendo. Recordó el paraguas que, con las prisas, había dejado en casa, pero de nada servía ya lamentarse; si no pedía uno prestado, acabaría empapada. Miró primero el cielo encapotado, después, el lazo carmesí, que ya tenía motas negras, la calle llena de barro y, por último, volvió la vista atrás, a un lejano y mugriento almacén en cuya puerta se leía «Hoffmann, Swartz & Co.», y se reprendió a sí misma con dureza: ¡Me está bien empleado! ¿Quién me mandaba ponerme mis mejores galas y salir a dar vueltas con la esperanza de encontrarme con el profesor? ¡Qué vergüenza, Jo! Ahora, no debes ir ahí a pedir prestado un paraguas ni a preguntar a sus amigos si saben dónde se encuentra. Lo que tienes que hacer es aguantar el chaparrón y comprar lo que te han encargado aunque llueva, y si te buscas la muerte o se estropea el sombrero, lo tendrás bien merecido. ¡Venga!