Mujercitas

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—¿Tan lejos? —Jo dejó caer su falda como si ya no le importase lo que pudiese ocurrirles ni a su ropa ni a su persona.

Aunque el señor Bhaer sabía muchos idiomas, aún no había aprendido a leer el de la mujer. Dado que creía conocer muy bien a Jo, no sabía cómo interpretar los vertiginosos cambios de voz, expresión y actitud de la joven, que, en media hora, había pasado por media docena de estados de ánimo distintos. Al verle, había parecido sorprenderse, aunque era fácil sospechar que había ido allí, precisamente, para encontrarse con él. Cuando luego él le ofreció su brazo, la expresión con la que lo aceptó le alegró el corazón pero, al preguntarle si le había echado de menos, obtuvo una respuesta tan educada y fría que le robó toda esperanza, Después, casi aplaudió al conocer la buena nueva de su trabajo. ¿Realmente se alegraba por los niños? Y, al enterarse del destino, exclamó «¿tan lejos?» con un tono desesperado que lo subió a una cumbre de ilusión, de la que sin embargo cayó al minuto siguiente, cuando ella apuntó, como si verdaderamente fuese su única preocupación:

—Aquí es donde venía a comprar. ¿Querrá entrar conmigo? No tardaré.


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