Mujercitas
Mujercitas Jo, que estaba muy orgullosa de su talento para las compras, quería impresionar a su acompañante mostrándole la pulcritud y eficacia con que cumplía los encargos. Sin embargo, con lo nerviosa que estaba, todo le salió al revés. Volcó las agujas, recordó que la tela de algodón era para bordar cuando ya le habían cortado otra pieza y, desorientada, pretendía comprar cinta de color malva en el mostrador del percal. El señor Bhaer, que aguardaba en un rincón, observó cómo se sonrojaba y metía la pata y, al ver su turbación, la suya perdió fuerza ya que comprendió que con las mujeres, al igual que con los sueños, todo puede ocurrir al revés de lo que uno espera.
Cuando salieron de la tienda, el profesor se puso el paquete debajo del brazo, con aire dichoso, y fue pisando los charcos como si lo estuviese pasando en grande.
—¿Qué le parece si compramos algo para los niños y luego vamos a su encantadora casa para organizar una fiesta de despedida esta noche? —preguntó tras detenerse ante un escaparate lleno de fruta y flores.
—¿Qué quiere que compremos? —preguntó Jo, haciendo caso omiso de la segunda parte de la propuesta, Entraron y ella aspiró la mezcla de aromas con fingida calma.
—¿Qué le parece si llevamos naranjas e higos? —preguntó el señor Bhaer con aire paternal.
—Si los hay, los comerán.