Mujercitas
Mujercitas —Muy bien, nos lo llevamos —contestó el profesor, y mientras lo pagaba, sonriendo para sus adentros, Jo echó otro vistazo a la tienda, como si fuese una consumada cazadora de ofertas—. Ahora, ¿le parece que vayamos a casa? —preguntó deleitándose en cada palabra.
—SÃ, es tarde y estoy muy cansada. —La voz de Jo denotaba más pesar de lo que ella creÃa. El sol ya no lucÃa y el mundo parecÃa más triste y lleno de barro que nunca; por primera vez, se percató de que tenÃa los pÃes helados, le dolÃa la cabeza y su corazón estaba aún más frÃo y dolorido. El señor Bhaer se marcharÃa lejos; su único interés hacia ella era en calidad de amigo. Se habÃa confundido y, cuanto antes acabara aquello, mejor. Con esa idea en la mente, hizo un gesto para detener a un ómnibus y, en su precipitación, el tiesto de las margaritas cayó al suelo, con el consiguiente daño.
—Éste no es nuestro ómnibus —apuntó el profesor, que, tras hacer una seña al conductor para que se alejase, se agachó a recoger las pobres flores.
—Le ruego que me disculpe, no me fijé en el número. Da igual, sigamos caminando, ya me he acostumbrado a arrastrar la falda por el barro —comentó Jo, avergonzada, y pestañeó con fuerza para contener el llanto.