Mujercitas
Mujercitas Aunque volvió el rostro, el señor Bhaer alcanzó a ver las lágrimas rodar por sus mejillas. Y esa visión debió de conmoverle mucho porque, de pronto, se inclinó hacia ella y preguntó en un tono que hablaba por sí solo:
—Querida, ¿por qué llora?
De no haber sido Jo nueva en estas lides, habría respondido que no estaba llorando, que le había entrado algo en el ojo o cualquier otra de las excusas típicamente femeninas para estos casos. Pero la pobre, dando pocas muestras de dignidad, dejó escapar un sonoro sollozo y contestó:
—Porque se va lejos.
—¡Dios mío, qué alegría! —exclamó el señor Bhaer, que, a pesar de los paquetes y del paraguas, alcanzó a dar una palmada—. Jo, vine aquí a declararle mi amor, pero quería asegurarme de que me consideraba algo más que un amigo. ¿Es así? ¿Tiene un rincón en su corazón para el viejo Fritz? —añadió de un tirón.
—¡Oh, sí! —contestó Jo, y él se mostró muy satisfecho cuando ella le estrechó el brazo y le miró con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre lo feliz que la haría recorrer el camino de la vida junto a él, aunque no tuviesen más techo que aquel viejo paraguas, si era él quien lo llevaba.