Mujercitas

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Ciertamente, la situación no era la más propicia para una declaración porque, aun de haber querido hacerlo, el señor Bhaer no podía arrodillarse por culpa del barro, y tampoco podía tenderle la mano a Jo —salvo en sentido figurado—, pues tenía ambas ocupadas. Además, estando en plena calle, no podía permitirse grandes muestras de afecto, aunque a punto estuvo de hacerlo. Así, la única forma en que podía expresar la felicidad que le embargaba era mirarla, y lo hacía con una expresión que embellecía hasta tal punto su rostro que parecía que de cada gota que brillaba en su barba surgiese un pequeño arco iris. De no haber amado ya a Jo, dudo mucho que se hubiese enamorado de ella en aquel instante, pues no tenía, precisamente, un aspecto muy agradable: la falda estaba en un estado deplorable, sus botas de goma estaban salpicadas de barro hasta los tobillos y la lluvia le había estropeado el sombrero. Por fortuna, al señor Bhaer le parecía la mujer más bella sobre la Tierra, y ella se dijo que él parecía un auténtico Júpiter, a pesar de que tenía el ala del sombrero caída por culpa del agua, que le mojaba también los hombros (porque el paraguas solo cubría a Jo), y no había dedo de sus guantes que no estuviese roto.




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