Mujercitas
Mujercitas Quienes pasaban a su lado probablemente los tomaran por un par de locos inofensivos, porque se olvidaron del ómnibus y caminaron entre el barro como si dieran un agradable paseo, a pesar de que empezaba a anochecer y la niebla se espesaba. No les preocupaba lo que pensaran los demás, ya que para ellos habÃa llegado ese momento de felicidad que solo se conoce una vez en la vida. Un instante mágico que proporciona juventud al viejo, belleza a la persona corriente, riqueza al pobre, y que da al corazón humano una muestra de lo que se siente estando en el cielo. El profesor se sentÃa como si hubiese conquistado un reino y no pudiese esperar mayor bendición, y Jo, que avanzaba a duras penas a su lado, se decÃa que por fin habÃa encontrado su lugar, junto al profesor, y se asombraba de haber pretendido elegir otro destino. Como no podÃa ser menos, ella fue la primera en hablar, aunque de forma ininteligible, porque lo que dijo tras su impetuoso «¡Oh, sÃ!» no tenÃa demasiado sentido.
—Friedrich, ¿por qué no…?
—¡Dios mÃo, nadie me llamaba asà desde que Minna murió! —exclamó el profesor; tras detenerse en medio de un charco para mirarla agradecido y encantado.
—Siempre que pienso en usted, le llamo asÃ. No volveré a hacerlo si no le gusta.