Mujercitas
Mujercitas —Es verdad, el primer amor es el mejor, y en ese sentido puedes estar tranquilo, pues no he tenido otro. Teddy era mi amigo y no tardó en superar su encaprichamiento —explicó Jo, ansiosa por sacar al profesor de su error.
—¡Bien! Eso me hace muy feliz. Asegúrate de darme todo tu amor, porque lo he aguardado largo tiempo y, como tendrás ocasión de comprobar, me he vuelto más insaciable, querida profesora.
—Me gusta —repuso Jo, encantada con su nuevo apodo—. Ahora dime, ¿qué te trajo, al fin, cuando más te necesitaba?
—Esto. —Y el señor Bhaer sacó del bolsillo de su chaleco un papel gastado.
Al desdoblarlo y ver de qué se trataba, Jo se ruborizó, ya que era un texto que había escrito con la intención de enviarlo a un periódico para su publicación.
—¿Cómo pudo este texto hacerte venir? —preguntó sin entender a qué se refería.
—Lo encontré por casualidad. Reconocí las iniciales y los nombres y hubo una frase que me llamó mucho la atención. Léelo, yo me encargo de que no te mojes.
Jo obedeció y leyó por encima aquel texto al que había dado por título:
EN EL DESVÁN