Mujercitas
Mujercitas En la tapa del último baúl se ve a un apuesto caballero en cuyo escudo, escrito en letras doradas y azules, se lee el nombre de «Amy». Ese caballero, entonces inventado, es ahora real. En el interior del baúl, hay redecillas que sujetaron el cabello de su dueña, zapatos que han bailado hasta el final, flores secas conservadas con cuidado, abanicos gastados, alegres tarjetas de enamorados, adornos que han cumplido su servicio. Esperanzas, temores y vergüenzas infantiles. Armas de una joven soltera que ahora conoce un hechizo más auténtico y oye el sonido de las campanas de su boda mientras la lluvia de verano repiquetea sobre el tejado.
Cuatro pequeños baúles en fila, cubiertos de polvo y gastados por el paso del tiempo. Cuatro mujeres que han aprendido a trabajar y a amar. Cuatro hermanas, separadas por el tiempo; ninguna de ellas falta, aunque una se marchó antes que el resto, pues el amor inmortal la hace más presente que nunca. Cuando a las cuatro les llegue la hora de abrir sus baúles ante el Señor, espero que rebosen de horas de dicha, actos de bondad y vidas llenas de valor. Que sus almas se eleven felices y, que, tras la lluvia, luzca un sol eterno.
—No es un gran texto; cuando lo escribí, estaba muy melancólica porque me sentía sola y había estado llorando. Nunca pensé que llegaría a tus manos —dijo Jo mientras rompía la hoja que el profesor había atesorado tanto tiempo.